Cada año se publican 100.000 libros en nuestra lengua. Así que la tarea de elegir un libro es cada vez más complicada, cada vez más tedioso tener que decidir que merece la pena leer y que no.
Cada año se publican 100.000 libros en nuestra lengua. Así que la tarea de elegir un libro es cada vez más complicada, cada vez más tedioso tener que decidir que merece la pena leer y que no.
Si alguno de vosotros ha escuchado recientemente el nombre de Corman McCarthy se deberá, seguramente, a que la película No es país para viejos está basada en uno de sus libros. Sin embargo, Corman McCarthy tiene méritos propios para ser conocido y valorado más allá de la película de los hermanos Coen. McCarthy es uno de los escritores de culto en la Norteamérica actual y comparte con alguno de sus compatriotas, como J. D. Salinger, un carácter huraño y esquivo que le ha mantenido, a pesar del reconocimiento y de los premios, alejado de la escena pública.
Si, existe el humor inglés. Y no me estoy refiriendo a Mr. Bean o a Benny Hill , sino al humor irónico, elegante, incisivo y un poco surrealista que ha caracterizado a ilustres cómicos británicos, como los Monty Python , y del que también hace gala Paul Torday en su primera novela: La pesca de Salmón en Yemen.
No es que en Mandarina hayamos decidido inaugurar una nueva sección de crítica gastronómica. Que podríamos, oiga. Porque no hay expresión cultural- artístico – vanguardista que se nos resista. Pero por el momento dejaremos a Ferrán Adriá esferificar tranquilo y nos centraremos en algo que nos gusta casi tanto como las croquetas líquidas: La novela gráfica Pollo con ciruelas de la autora iraní Marjane Satrapi.
Hace algo más de un mes hablábamos en Mandarina de Inquietud en el Paraiso, primera novela de la trilogía de Óscar Esquivias, que, con la guerra civil como trasfondo, planteaba seguir la senda de Dante en sentido inverso, desde el cielo hasta el infierno, pasando por el purgatorio. Precisamente este paso por el purgatorio es el que refleja la novela de la que nos ocupamos hoy, La ciudad del Gran Rey.
Señoras y señores, quitémonos el sombrero. 126 páginas. Es todo lo que se necesita para construir una novela profundamente conmovedora y valiente. Una novela que resulta, a la vez, exquisitamente dulce y dolorosamente amarga. 126 páginas tan sólo (aprende Ken Follet) para retratar unos personajes radicalmente humanos, tan humanos que parecen susurrarnos sus pensamientos al oído. 126 páginas, ni una más, es cuanto nos hace falta para que podamos decir que La nieta del señor Linh es una gran novela, una NOVELA con mayúsculas.
Y terminamos la serie sobre Otros libros con la novela más larga de la historia y cuyo título no le va a la zaga: La historia de las chicas Vivian, en lo que se conoce como Reino de
Continuamos la serie sobre Otros Libros con un libro que no existe, pero del que hay publicadas, al menos, cuatro versiones diferentes. Un libro que durante años fue el más solicitado de la Biblioteca Británica. Un libro para el que el mismísimo Borges creó una ficha ficticia en la Biblioteca Nacional Argentina. Un libro al que se hace referencia en cientos de novelas, canciones y películas. Un libro que no es otro que el Necronomicon de Al Hazread.
Vivimos en un mundo bibliófago, en el que los libros se devoran a una velocidad de vértigo. Libros que un día son ensalzados como obras cumbre de la literatura son olvidados en cuanto pasan unas semanas. Apenas un libro sale a la venta, comienza su declive y no es necesario que pase mucho tiempo para que acabe acumulando polvo en algún rincón olvidado.
Hace no muchos años leí por casualidad El curioso incidente del perro a medianoche, la original opera prima de Mark Haddon. Disfrute enormemente con la sorprendente historia de un niño autista que investiga el asesinato del perro de su vecina, de modo que cuando escuché que el mismo autor acababa de publicar Un pequeño inconveniente, su segunda novela, esta vez no fue casual que el libro acabase entre mis manos.
A veces mi fobia a conducir me proporciona algunas sorpresas agradables. Me permite, por ejemplo, aprovechar un viaje de siete horas en autobús para recuperar el placer de abrir un libro y leerlo de un tirón, desde la primera hasta la última página, deteniéndome sólo un par de veces para estirar las piernas en un bar de carretera. Claro que para conseguir algo así es necesario que el libro tenga la virtud de mantenerme atento durante muuuchos kilómetros; que sea entretenido, pero no banal; inteligente, pero no excesivamente pretencioso. Por suerte, llevaba conmigo El enigma de Paris.
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