Uno no sabe por dónde abordar a alguien como Isaac Rosa. El autor de El Vano Ayer (título recomendable donde los haya) es también el responsable de ensayos, novelas críticas, columnas diarias en el diario Público… todo un compendio de formas de expresión escritas que le convierten en un clásico omnipresente, un todo terreno repleto de compromiso y sentido común. En El País del Miedo, su última novela hasta la fecha, el sevillano explora de forma intensa aquellas sensaciones que nos provocan temor en nuestra vida diaria. Y digo nuestra porque al final, queramos o no, los lectores nos mimetizamos con el protagonista hasta límites insospechados.
La literatura, para ser de calidad, ¿debe contar con un componente de implicación social/política?
El que tenga componente político social no es necesario para que sea buena literatura. Toda literatura tiene un componente político, lo quiera o no el autor. Normalmente pensamos que sólo lo tiene la literatura que se opone, la literatura contestataria, que impugna, que denuncia… Pero toda la tiene, y más incluso alguna que parece todo lo contrario, que parece evasiva, de entretenimiento o ligera. Quizás, en vez de cuestionar la realidad lo que hace es darla por buena, legitimarla o hacerla soportable. No creo que el componente político sea un añadido, algo que el autor quiera o no agregar. Toda literatura lo tiene, en un sentido u otro. Se puede hablar también de una literatura militante, con una intención política más evidente, pero esto tampoco es una garantía de calidad. La hay muy mala igual que muy buena. Pero lo que si que creo es que uno de los elementos a tener en cuenta en la calidad literaria son los componentes políticos, éticos… La buena literatura tiene siempre un fondo moral. No es que sea un valor añadido, sino en plano de igualdad con el resto de los componentes.
¿Qué opinión le merecen autores como Saramago o Vargas Llosa, que no dudan en mostrar sus ideas políticas en cualquier foro en el que participan?
El intelectual, el creador tiene una capacidad de convocatoria que no tienen otras personas, también de recabar la atención. Y eso implica una responsabilidad. El propio hecho de escribir ya implica esta responsabilidad: tomar la palabra y mientras el resto calla y te escucha o te lee, tú hablas. Tú eres responsable de esa palabra. Los dos ejemplos que pones son antagónicos pero cada uno desde su lado está claro que lo hace.
¿Cuál es el límite formal para un escritor como usted?
Dentro de que me cuesta distinguir forma y fondo, esa distinción que siempre se hace pero que para mi están muy interrelacionados, la parte formal del libro es muy funcional para mi: depende de lo que quiera hablar. A la hora de elegir qué tipo de libro escribo, sea El Vano Ayer, sea El País del Miedo, que son dos libros muy diferentes, lo que busco es la eficacia. El Vano Ayer es una novela que al mismo tiempo que hace una mirada crítica al franquismo también la hace sobre la forma en la que se ha contado el franquismo en la ficción. Para ello necesitaba una novela reflexiva, con componentes de metaficción, de cuestionar la propia escritura y la propia lectura. En El País del Miedo necesitaba otro tipo de escritura, reflexiva pero en otro plano, no marca distancia con el lector sino que busca una implicación emocional por su parte. Cada novela será diferente en cuanto responde a unas intenciones y unos intereses diferentes.
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En 2008 editó El País del Miedo. ¿Estás trabajando en algo nuevo ahora?
Sí. Estoy en una fase muy básica de una nueva novela. Antes de El País del Miedo estaba leyendo y tomando notas para una novela, pero entonces se me cruzó esta última y me di cuenta de que era lo que quería escribir. Ahora he retomado aquel proyecto más en firme. Tengo más claro qué es lo que quiero escribir y cómo lo quiero hacer. Es una novela sobre el mundo del trabajo, lo que está pasando hoy, las relaciones laborales y cómo ha cambiado el concepto de trabajo, nuestra posición, la forma de relacionarnos con las empresas, con los otros trabajadores, qué ha quedado de las clases sociales, de la solidaridad… Me interesa tratar desde la novela toda una serie de transformaciones laborales. Creo que siendo uno de los temas fundamentales hoy, es también sobre lo que menos se escribe. Acabo de leer un libro de entrevistas y reportajes sobre la materia que me ha parecido formidable: Materia Prima, de un autor catalán que se llama Francesc Serés. Es una colección de historias de vida a través de unos personajes que trabajan y que trabajan duro. Nos hemos acostumbrado a un tipo de novela en las que los protagonistas no trabajan o tienen un nivel de vida cómodo. Normalmente son gente culta, que viaja, que tiene su piso, una cierta formación… pero nunca sabemos de qué viven o a qué se dedican. Eso es lo que me interesa, el trabajo duro, manual, que se ha convertido en algo invisible. Es una novela al margen de la crisis, esta situación lo que va a hacer es acentuar y agravar una situación que ya existía.
Su carrera no sólo se ha basado en la literatura de ficción, sino que también se ha acercado a otros ámbitos como los ensayos o la prensa. ¿Todo ello forma parte de un proyecto común o cada género se diferencia claramente?
No responde a un proyecto en el sentido de que haya una planificación. Entiendo la escritura como una posibilidad de expresión, de intervención política, y a partir de ahí surgen unas posibilidades de escritura. La novela por un lado, escribir en prensa (si hace dos años me dicen que iba a escribir una columna diaria en prensa no es que no me lo creyera, pero…). No forma parte de un proyecto común pero si de una forma de entender la escritura.
En Mandarina Magazine llegamos a sugerir que EPDM era un híbrido entre novela y ensayo (por boca de Carlos). ¿Estamos en lo cierto?
Sí. Aparentemente, al lector le puede dar la impresión de ser una novela-ensayo. Los capítulos de ensayo podrían leerse por separado, independientemente… Pero en realidad toda esa parte tiene una base narrativa. Todo se sostiene con cosas que le han pasado al protagonista, historias que recuerda, historias de su barrio. Hay una base narrativa, porque el tipo de literatura que me interesa y que me gusta hacer es el que avanza pensando, de alguna manera desarrollando ideas. Para mi escribir es una forma de pensar e intento que para el que lo lea también lo sea. Me interesa la novela de ideas, que se amplía con respecto a su propia partida. Para hablar del miedo, o del trabajo, para entenderlo, me parece más eficaz la novela que el ensayo. Sabiendo que la novela contiene elementos ensayísticos, que siempre los ha tenido, no es una cosa de ahora. Creo que para mi intención de abrir un debate sobre lo que se llama la sociedad del miedo, la novela es más eficaz. Por difusión, llega a más lectores, pero también porque ciertas ideas se cuentan mejor en una novela que en un ensayo.
Cuándo la acabaste, ¿eras consciente de lo que esta novela podía generar en el lector?
Precisamente por eso hablaba de las posibilidades que tiene la novela para plantear determinados temas, comprenderlos y darlos vueltas. En el caso del miedo, la mejor forma de pensarlo, de manera racional, es sentirlo, experimentar el miedo, la angustia, identificarte, reconocer ciertos miedos. Mientras en El Vano Ayer se marca una distancia con el lector, se recurre a la ironía y a otros aspectos, El País del Miedo está escrito desde dentro del cerebro del protagonista, desde el proceso de toma de decisiones y en tiempo presente, para implicar más al lector y ponerse en el lugar del protagonista. Es la mejor forma de abrir esa reflexión. Me encuentro con lectores que se identifican con el protagonista por completo y me dicen que todos sus miedos son los suyos, pero también me encuentro con otros que descubren en la novela miedos que no sabían que tenían. De repente se paran a pensarlo y se dan cuenta de que son cosas que también podrían temer. Eso me parece positivo, porque de lo contrario te puedes encontrar en una situación en la que ese miedo se activa y tú no has pensado nunca en ello. Y reaccionas llevado por el miedo, que es lo peor que puedes hacer. Hay quién me dice que lo pasa mal con la novela, incluso gente que me dice que ha salido con más miedos que cuando la empezó. Pero yo busco eso, ese nivel máximo de identificación, que se ponga en su lugar.
El Vano Ayer fue la novela que le dio a conocer. En ella se desarrollaba una trama en la postguerra de una manera sui generis. Como experto y crítico, ¿Queda aún Guerra Civil y postguerra para la literatura y hasta el mismo cine?
¡Fíjate en Muñoz Molina, acaba de escribir una novela de 1.000 páginas sobre la Guerra Civil! A ver, yo he escrito un libro que se llama Otra Maldita Novela sobre la Guerra Civil, pero con ella me refería a la literatura tópica, de género. Creo que sigue habiendo incluso necesidad e interés de los ciudadanos. Pero sobre todo creo que sigue habiendo muchas historias, muchas esquinas del franquismo por conocer. Hay temas por desvelar y otros que se pueden contar de una forma mejor.
¿Qué es más complicado, escribir una novela o una columna cada día?
A mi me quita muchas horas y mucho sueño escribir una columna diaria pero es mucho más complicado una novela. El nivel de exigencia de una novela no es de una columna, que es un esfuerzo, pero un esfuerzo efímero. Luego, al vincularlo a la actualidad, estás bebiendo de distintas fuentes que ya te están dando material de alguna manera. Una novela es mucho más compleja.
¿Un político sobre el que escribir?
La respuesta fácil sería Berlusconi, pero yo no quiero escribir sobre él. Yo creo que ahora mismo, todos los poderosos tendrían una novela. Cualquier político la tendría, como Berlusconi o nuestro Aznar. Pero me interesa más escribir una novela de un banquero que de un político, si hablamos de poder, hablamos en serio.
¿Hay algún libro que nunca has conseguido leer?
Varios de Paul Auster, por ejemplo. Se me atasca, no le acabo de ver la gracia.
¿Un autor minusvalorado?
Muchos, pero por pensar en alguno español, que también hay varios, se me vienen dos a la cabeza: Jesús López Pacheco, que es uno de los autores del llamado realismo social de los años 50 y 60. Tiene una poesía magnifica y una novela, Central Eléctrica, impresionante. Pienso también en Miguel Espinosa, uno de los autores malditos y más marginales que tenemos, que merece una recuperación como no ha tenido. Uno de los autores más interesantes que hemos tenido y que menos se ha leído.
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