Carlos ha desarrollado a lo largo de su vida una sensación de miedo subyacente a cualquier situación que se le pueda ocurrir. Terror a los asaltos, a los cacos, a la violencia gratuita, a la autoridad… incluso a decir la verdad cuando una mentira está cómodamente instalada en su hogar. Pablo, su hijo, es una víctima más de acoso escolar que encuentra en su padre un apoyo para salir de la pesadilla en la que vive. El País del Miedo es un ensayo presentado como historia o una historia disfrazada de ensayo en la que Isaac Rosa repasa todos esos pensamientos desasosegantes que sobrevuelan con regularidad nuestras tranquilas vidas.
Hablar de singularidad al referirnos a Isaac Rosa no resulta, precisamente, excesivamente original. A todos los que descubrimos a este sevillano con El Vano Ayer se nos quedaron dos líneas maestras de su obra en la cabeza, calidad literaria y asombro por su puesta en práctica. Isaac Rosa no sólo sorprende por su propuesta, por la historia que nos cuenta, también lo hace con el modo de hacerlo, por una estructura y un lenguaje que huye de los convencionalismos. El País del Miedo no iba a ser menos.
De ser una antigua novela por capítulos, de esas que se publicaban en los diarios, El País del Miedo provocaría no pocos ataques de angustia. El libro se divide a modo de paso de cebra, un apartado blanco, uno negro, uno blanco, uno negro… uno en el que Isaac desarrolla la historia del acoso escolar, otro en el que Carlos devanea sobre el propio miedo, las causas, los tipos, las consecuencias, sus vivencias. Incluso con razonamientos de carácter históricos. Carlos es un obseso del miedo, y eso en sí mismo tiene que ser peligroso.

Así se desarrolla la novela. Con un claro ritmo argumental por un lado, no sin emoción, no sin calidad pero con un lenguaje llano y sencillo. Por el otro, la parte del ensayo, las reflexiones del protagonista se mezclan con recomendaciones salidas de páginas de ministerios o textos emanados de otras fuentes. En parte, aquí reside la originalidad formal que, por cierto, supera con creces la exhibida por Dave Eggers, por mucho que a este se le califique en ocasiones como el maestro en este sentido.
En cuanto a la narración, la base es de sobra conocida: golpes, amenazas y chantajes a las puertas del colegio. La situación comienza en este punto pero se enreda a medida de que el padre intenta solucionarla, demasiado influenciado por sus propios temores a todo en este mundo. El final, en cierta manera abierto, no es más que una meta lógica que Rosa enseña de soslayo durante la argumentación. No hay excesiva sorpresa, pero si sentimientos encontrados.
Porque eso sí, El País del Miedo, mejor dicho, las reflexiones de Carlos, descolocan, hacen pensar, recordar, imaginar, sonrojar, vigilar y hasta practicar. Nadie se salva del miedo y nadie podrá tomar un partido claro al final de la novela.
