Existe en Paris una estación de tren que mira a la torre Eiffel desde su posición agazapada en la ribera del Sena. Está estación siempre será recordada por dos hechos. En la II Guerra Mundial, de sus vías partieron convoyes repletos de seres humanos con destino a los campos de concentración (la memoria histórica funciona, una placa colocada en la fachada lo rememora). Hasta aquí el primero. El segundo es mucho más luminoso. Cierto día, cuando el edificio sospechaba su propia demolición, se decidió crear en el mismo lugar un magnífico museo dedicado a las artes plásticas del s. XIX. Se le conoce como ‘museo del impresionismo’.
Llegar a Paris y no conocer la existencia de este lugar es algo así como comer un menú de lujo sin saber que de postre hay un excelente brownie (menuda comparación…). Después de tres días en la Ciudad de la Luz, de paseos interminables y de un frío atroz, mi entrada al Museo de Orsay fue, en un primer momento, un alivio más que una oportunidad única. Una vez en el interior (sin esperar cola, maravillas de las tarjetas culturales parisinas), y de adquirir una buena guía en el propio lugar, todo empezó a tomar forma.

La antigua estación de tren, debidamente remoderada e inaugurada como centro de arte en 1986, alberga una vasta colección de pinturas impresionistas y postimpresionistas (en dos salas exclusivas), además de espacios dedicados al realismo, a la escultura, el art nouveau y otras artes decorativas centradas en el mobiliario. Estas navidades ofrecía también una comparativa entre Picasso y Delacroix y, muy cerca, alguna sala más con, por ejemplo, Las Espigadoras, de Jean-François Millet. Sí, tras visitarlo y conocer también la existencia del Musée de l'Orangerie des Tuileries, da la sensación de que en cualquier momento entras en el servicio de un restaurante y también allí te encuentras con una joya impresionista.
Resulta casi imposible decidir cuáles son las estrellas de un espacio tan densamente poblado por cuadros de, como suele decirse, incalculable valor. Nada más comenzar el recorrido, un gran lienzo de Gustave Caillebotte atrae todas las miradas, Los Cepilladores de Parquet. A continuación, la mirada sorprendida se dirige al retrato de la madre de Whistler (también famoso por sufrir las perrerías a las que le somete Mr. Bean en una de sus películas). Así, tras empezar a sospechar que este museo vale mucho la pena, el visitante se deja embaucar por varias obras (y esculturas) de Degas, Renoir, Courbet o Cézanne, sin olvidar dos de las que, para mi, representan las pinturas clave de la pinacoteca: La Iglesia de Auvers, de Van Gogh, y El Circo, de Seurat (ésta, en la sala postimpresionista).
Uno de los enclaves más destacados de Paris, no hay duda.

