Dice La Mujer Tirita que tengo que escuchar el nuevo disco de Josele, ese tipo barrigón que con una cogorza de cuidado nos alegró a Montag y a mí el jueves de estreno del Sonorama. Prometo hacer los deberes y esta semana próxima dedicarme a él. Por ahora, Cartografía, el último trabajo de Jose Ignacio Lapido, que aunque tiene ya unos cuantos meses -se publicó en abril- no ha llegado a mís manos hasta hace unos días.
Es extraño el caso de Lapido. Un tipo que lleva encima de los escenarios más de veinte años, que ha estado al frente de uno de los grupos rock más importantes de la escena nacional -hasta su disolución en 1996-, que lleva con éste cinco discos en solitario y que sin embargo no ha logrado calar entre el gran público, como sí han hecho otros más jóvenes que incluso le tienen como referencia. Quique González, por ejemplo. Será que los caminos de dios son inexcrutables, o que hay artistas marcados que, por mucho que lo merezcan, siempre tendrán de espalda a las masas. Afortunadamente pueden sentirse orgullosos de, como contrapartida, contar con los seguidores más fieles.
Cartografía vuelve a ser un disco publicado a través de Pentatonia, el sello musical que Lapido se sacó de la nada para dar rienda suelta a su mundo particular, cargado de, como titula una de sus canciones, escalas de grises. Letras profundas, auténtica literatura, densas y luminosas a partes iguales. A simple vista puede parecer que es un disco oscuro, derrotista, pero una vez que lo escuchas varias veces, que te sientas a digerirlo con calma, pueden vislumbrarse resquicios de positivismo.
En este sentido, la canción que abre el disco y que han escogido como single, Cuando el ángel decida volver, es toda una declaración de intenciones: Tomaremos el fracaso como punto de partida y el amor como dogma de fe. Por muy mal que las cosas vengan dadas, siempre hay espacio para levantarse, limpiarse el polvo y seguir andando con dignidad. En la misma línea camina En mil pedazos -Intentaremos que no parezca fácil derrotarnos otra vez- y Nada malo -Nada malo me puede pasar si amanezco a tu lado-.
Sobre la música en sí, poco hay que decir. Rock en esencia pura, a lo Tom Petty o Neil Young. Guitarras muy eléctricas y teclados sin demasiados excesos que sirven para atomizar los metales o, mejor dicho, darles la importancia puntual que merecen en determinados pasajes de cada canción. Tampoco hay que resaltar mucho del sonido de Lapido. Es un instrumento más para dar consistencia a esas fabulosas letras.
En definitiva, un disco de rock escrito por todo un poeta eléctrico.
Para todo lo demás, ya sabéis, Mastercard o los gobiernos salvando bancos.