Renuncio a la idea de ponerme a preparar la comida de mañana -crema de guisantes de primero y cebada con espárragos, setas y parmesano de segundo- para cumplir con mi palabra de postear. Que aunque parezca que os tengo olvidadicos, no es así, siempre estáis en mis oraciones.
Si el viernes amenazaba tormenta en Madrid, hoy es en Barcelona. Aún sigo traumatizado por el shock que me ha supuesto hace unos minutos, en plena calle Diputación, encontrarme con un señor caminando tranquilamente como dios le trajo al mundo -sin contar el sombrero y las sandalias- como el que lo hace por el pasillo. Cuántas arrugas, por dios. Sin embargo intentaré hacer de tripas corazón y que ésto no me influya al hablar de El evangelio según Jesucristo, uno de esos libros que habiéndolo leído hace años, no debiera de haber vuelto a leer.
Y es que la literatura de Saramago, como la Preysler, pierde con los años. Recuerdo cuando leí la novela por primera vez. 1992. Cuando Cobi y Curro y esas cosas. Como La mujer tirita yo también era un niño insoportablemente repelente que leía futuros premios nobeles. Pues ahí estaba yo dándome a la literatura enrevesada y simple a partes iguales de Saramago. Lo listo que me sentía, pardiez.
La cosa es que quince años después ese estilo tan personal de narración, que evita los saltos de línea, que densifica todos los diálogos, en el que el autor hace juicios de valor y ahonda en los detalles, se hace extremadamente pesada. Hay que reconocer que la obra en sí, la historia, es espléndida, humanizando una figura tan complicada como la de Jesucristo, pero carajo, anda que no había maneras de hacerla más liviana...
El tema está en que El evangelio según Jesucristo se centra en la figura de Éste de la manera más humana posible. No cuenta lo que ya toda la bibliografía religiosa nos ha contando, mitificando su figura, sino lo que, si no existiesen los milagritos y todas esas parafernalias, debería haber sido. ¿Recordáis Las sandalias del pescador? Pues eso en novela y con más calidad.
El problema, insisto, radica en la manera de contarlo. Es como cuando yo cuento un chiste. La idea puede ser la más divertida, pero si yo lo hago como el culo -que suele ser así- nunca va a tener gracia. En este caso cada capítulo se hace tan espeso que te pierdes, tienes que volver a releer, y tienes la sensación de tener que estar descifrando realmente qué ocurre.
En su defensa he de decir que Saramago, ateo confeso, trata el tema con un respeto absoluto. Lo fácil sería minusvalorar o caer en la crítica fácil, pero no lo hace en ningún momento. De igual manera hay escenas deliciosas. El diálogo en el desierto con Dios y el Diablo es, simplemente, magnífico.
Para todo lo demás, Mastercard. Yo ahora me voy a hacer de cocinillas. Sedme buenos.
