Todos conocemos, en mayor o menor medida, la Guerra de Troya, su desarrollo y consecuencias. Todos nos hemos sentido siempre atraídos hacia la historia de Helena y Paris. Shakespeare también cayó en la tentación de escribir sobre esa historia, pero, a diferencia del común de los mortales y mostrando una vez más su genialidad, se centró en la historia de Troilo y Crésida que recientemente hemos podido disfrutar en el Matadero de la mano de Cheek by Jowl.
Los directores de Cheek by Jowl (Declan Donneland y Nick Ormerod) comentan que hasta el momento habían representado las obras "fáciles" de Shakespeare y que, en esta ocasión, con Troilo y Crésida han arriesgado (esta obra se escribió un año después de Hamlet y no está claro si se estrenó en su época) y que ha supuesto un punto de inflexión en la trayectoria de la compañía.
La historia de Troilo y Crésida se desarrolla en plena guerra. El príncipe Troilo, hijo del rey Príamo de Troya, se enamora locamente de Crésida, la hija de un desertor griego. Los amantes tienen que separarse porque a ella la reclaman para formar parte de un intercambio de rehenes.
La obra, planteada escenográficamente a nivel del espectador no se hace aburrida ni larga a pesar de sus casi tres horas en inglés. La distribución del espacio, la coreografía de los actores y el ritmo que imponen a la obra, ayudado por los juegos de luces y, sobre todo, por la historia en sí misma, que enlaza momentos de comedia que descargan todo el peso dramático que la propia obra tiene y con la que termina. El simbolismo generado a partir del vestuario, las adaptaciones, actuales y muy bien llevadas de unos textos escritos en 1602, hacen que el espectador disfrute de el conjunto final. La ambientación temporal es más bien atemporal y juega con los recursos de mezclar elementos de diferentes épocas tienen significado por sí mismo y que, en relación con los demás, terminan por definir una atemporalidad familiar que todos comprendemos (un símil cinematográfico podría verse en la última entrega de las aventuras de Indiana Jones, que hace guiños a películas clásicas, mezcla las décadas de los 40-60, etc., pero consigue crear un tiempo común en el que el espectador se siente cómodo).
Resumiendo, es una historia de amor en tiempos de guerra, de buenos y malos al uso y, de reir y llorar, como la vida misma y, como siempre pasa con Shakespeare, te deja con ganas de más.