Resulta complicado acercarse a la figura de Richard Ford sin señalar su tendencia a radiografiar al (norte)americano medio, a ese ser gris que puebla los suburbios de clase media y lleva una vida monótona, aburrida y sin más contratiempos aparentes que los de cualquiera de nosotros.
Es aún más difícil cuando su última y esperada novela, Acción de Gracias, vuelve a retomar la historia, varios años después de su última aparición, de su personaje estrella: Frank Bascombe, perfecto representante de esa comunidad wasp que protagoniza tantos y tan buenos títulos de los paisanos de Ford. Así pues, como no es nada sencillo huir del tópico, lo dejo claro desde un principio. Sí, el autor es otro más (puede que uno de los mejores) de esa corriente en la que se movieron, con diferentes grados de fortuna, también de acidez, escritores como John Cheever o Raymond Carver. Este último, por cierto, lo calificó como el mayor talento de su generación. Palabra de genio.
Para quienes no conozcan su obra previa, es necesario aclarar que Acción de Gracias es la tercera parte de una suerte de trilogía (no es preciso haber leído las anteriores para disfrutar de esta) que inició con El periodista deportivo y prosiguió con El Día de la Independencia, la primera que logró a la vez los premios Pulitzer y PEN/Faulkner.
En todas ellas Bascombe nos guía por su en principio anodina y superficial existencia como si de un Ulises en busca de Ítaca se tratara. La asistencia al funeral de un conocido, la aparición de su hija con un nuevo ligue, la visita a un posible cliente de su negocio inmobiliario... Cada paso que da, cada decisión que toma, se convierte en la excusa para una larga disertación sobre sus miedos, sus preocupaciones y sus expectativas, marcado todo ello por un pánico mortal a la equivocación.
Esta forma de narrar, exhaustiva y milimétrica, es una de las señas de identidad del escritor de Mississippi, pero es en Acción de Gracias donde la subraya y multiplica hasta límites quizá excesivos para el lector poco paciente. Y es que esa odisea del vacío que lleva Frank Bascombe durante las 48 horas previas a la celebración de la fiesta yanqui por excelencia puede acabar con aquellos que demandan acción, marcha, en los libros.
Otra lectura, hacia la que personalmente me inclino un poco más, es que Ford alcanza en ella un dominio absoluto sobre el tempo narrativo que le permite detenerse en los más leves detalles de su héroe para echar la vista atrás y repasar su vida, sus errores y sus fracasos; y adelantar también los desafíos pendientes y los sueños que conforman la identidad de cualquier persona, también la de los menos atractivos.