mié, 06 ago 2008 - El Abuelo
No me preguntéis por qué, quizás como comentaba el otro día Conway será que el verano (a mí particularmente) nos hace más gilipollas de lo normal, pero últimamente sólo puedo consumir cine de baja estopa. Comercial y eso.
Supongo que es criticable, que no queda nada cool ni nada gafapastoso, pero hoy por hoy soy incapaz de sentarme en la butaca de un cine, o en el sofá de casa ante cualquier producto cinematográfico que conlleve una excesiva carga de realidad. Nada de dramas, nada de tragedias, solo cosas fáciles de digestión y olvido rápido. La última de Kusturica que la critique otro y quizás alomojó en invierno me la veo. Eso o cuando la saquen en dibujos animados.
En esta línea he de decir que he ido a ver Hancock, la última de Will Smith, y vive dios que me ha gustado. El principe de Bel-Air es experto en aparecer en películas de esta ralea, cargadas de conversaciones fáciles, guiones lineales, explosiones, peleas y malos ridículos. Léase aquí Independence day, Soy leyenda (o como destrozar una novela en su enésima adaptación al cine), Yo Robot (más de lo mismo del anterior título) o Men in black.
Igual que en otras ocasiones Will Smith ha salido malparado, aquí he de decir que estando hecha para lucimiento suyo y de Charlize Theron (que no esta buenísima, sino buenérrima), el tipo sale bien parado.
La sinopsis es sencilla: John Hancock es, aparte de inadaptado, superhéroe, lo que le trae a él y a los habitantes de Los Ángeles por la calle de la amargura. Alcohólico, maleducado y bruto, cualquier intento por su parte de hacer el bien, defendiendo a los ciudadanos de los malos, acarrea terribles consecuencias para la icudad: destrozos sin medida en edificios, carreteras, coches y personas. Podría decirse que es peor el remedio que la enfermedad.
En éstas, Handcock tiene la suerte de que se cruce en su camino Jason Bateman (el inmaduro de Juno), experto en marketing, quien a partir de entonces se encargará de cambiar el punto de vista de sus conciudadanos hacia él.
Y poco más. De la noche al día, o en unas pocas semanas, mejor dicho, Hancock pasa a ser un conciuadano modélico. Lo malo de todo ésto es que el cúlmen de la transición ocurre cuando apenas hemos rozado la mitad de la película, y lo que viene después, con historias metidas con cuña, sobra, para al final dejar cierto resabio no de aburrimiento (hay escenas de la Theron que ya valen la peli entera), pero sí de estancamiento.
Y eso.
Yo ahora me voy de cervezas. Si habéis visto la de Kusturica deseoso estoy de saber qué tal.