Viernes, siete de la tarde. Valladolid. Vuelvo por el Puente Mayor camino de casa. Tras varias llamadas infructuosas intentando conseguir un plan nocturno, me empiezo a hacer a la idea de que voy a pasar la noche de viernes en casita, haciendo de hijo responsable al que no ponen ni nada malo en los hielos ni come demasiada pizza.
En éstas, que decido llamar al bueno de Urzainqui. Un extracto de la conversación, eliminando las partes más escatológicas, es como sigue:
Abuelo: ¿qué serie puedo ver esta noche?
Urzainqui: ¿Los Borgia?
Abuelo: Joder, ¿esa no es una española más mala que pegar a un padre?
Urzainqui: Coño, que me lío, Los Tudor, está bastante bien.
Abuelo: ¿Sí?
Urzainqui: A mí me ha gustado. Además, follan. Yo es que veo una teta y ya me pongo como loco.
Abuelo: Algo me suena. Pues nada, ya te contaré. ¿La familia bien?
Urzainqui: Por supuesto.
Y yo, que me creo a pies juntillas lo que diga Urzainqui, llegué a casa y puse a descargar Los Tudor. Y todo el fin de semana me fue suficiente para verme los diez capítulos de la primera temporada. Y teniendo en cuenta que cada uno dura cincuenta y cinco minutos, no es moco de pavo.
También hay que valorar que el sábado tampoco tuve plan. Mi madre está por promoverme al título de Mejor Hijo del Mes, que publica Forbes.

La cosa es que Los Tudor cuenta los primeros años de reinado de Enrique VIII de Inglaterra, papel que cae a cargo de Jonathan Rhys Meyers, que nos sonará a todos por ser el guapo protagonista de Match Point. Lo cierto es que el papel no le viene ni que pintado, porque en la serie hace de lo mismo: tipo ambicioso, sin escrúpulos, que pasará por encima de todo lo que sea necesario para triunfar.
Alrededor de él, todo el universo de intrigas y traiciones de la corte, incluídas las de cama. Porque una cosa se saca en claro viendo esta serie: El Rey sería un tipo ambicioso, sí, pero por otra parte estaba más salido que el pico de una mesa. Pardiez, qué estrés.
Independientemente de este hecho, que no obstante será un acicate para el sector masculino, lo más interesante de la serie son las luchas de poder y el amplio espectro de luces y sombras que todos los personajes poseen. Con cada capítulo que avanza, una cosa queda clara: nadie es quien parece ser, y si por la vía oficial pueden aparentar una cosa, por la secreta estarán diciendo o haciendo la contraria.
Así nos encontramos con personajes como el Cardenal Wolsey o Thomas Moro, ambos consejeros del rey, que intentarán influenciarle a la hora de tomar decisiones de gobierno, o Catalina de Aragón y Ana Bolena, las principales mujeres de la vida del Rey. Mientras la primera, su esposa, se esfuerza por intentar darle un hijo varón que asegure la saga de los Tudor, la segunda será el ansia de deseo de Enrique y pieza clave en las intrigas de palacio.
La serie se ha llevado una jartá de premios Emmy, y la verdad es que se los merece. Tanto los decorados como el vestuario están cuidados hasta el más mínimo detalle, y las intrigas, que se van desgranando poco a poco, hacen que al acabar un capítulo, no puedas evitar tener ganas de ver el siguiente.
Muy recomendable, sin duda.
