Qué gusto abrir la nueva novela de Javier Tomeo y saber: uno, que tendrá todos y cada uno de los elementos absurdos, delirantes y también inquietantes que, una y otra vez, introduce en sus novelas; y dos, que a pesar de eso, el libro te sorprenderá y se instalará durante varios días en tu cabeza para que no te olvides de que, por raros que sean sus personajes, tienen un reflejo, aunque sea distorsionado, en la realidad.
Y es que, gusten o no sus surrealistas narraciones, es justo alabar su fidelidad a un estilo peculiar e intransferible, a una personalísima manera de entender la ficción, que no encuentra siquiera parecido en el muy yermo escenario literario nacional.
En
Los amantes de silicona regresa, cómo no, a sus obsesiones, a sus señas de identidad, a ese amigo
Ramón que en tantas ocasiones se convierte en el catalizador de las historias. Hay, por supuesto, personajes con un ojo ligeramente mayor que el otro, misteriosos presentadores que, desde su púlpito televisivo, entran en contacto con sus espectadores, palomas que sobrevuelan, misteriosas, una ciudad que bien podría ser el
Infierno...
¿Lo que cuenta? Las alucinantes experiencias de un matrimonio ya talludito que, cansado el uno del otro, se solazan por su cuenta con una muñeca hinchable él, con un equivalente masculino, también plastificado, ella. Además del placer que ofrecen a sus dueños son capaces de disertar sobre la filosofía platónica o entonar en un perfecto alemán las arias de inmortales óperas.
El drama comienza cuando la pareja, al llegar a su casa después de sus tediosas ocupaciones, se encuentran en el salón, haciendo lo que mejor saben, a los amantes siliconados. Lo que sucede a continuación, en menos de 150 páginas sin desperdicio.
Una reflexión aparentemente liviana pero con mucha más enjundia detrás sobre la soledad, la incomunicación y las perversiones que definen esta época nuestra.