Mandarina Magazine

Libros

sáb, 31 may 2008 - El Abuelo

Hoy no me andaré por las ramas. En veinte minutos salgo hacia El Alto de Navalmoral, en algún punto indeterminado de la sierra de Ávila, a la boda de El dinosaurio. Así que en su honor, que me hizo la recomendación, hablaré de El país de las últimas cosas, libro que terminé la semana pasada.


Hace años ya había hecho un intento de este libro que a simple vista parece tener la intención de retratar el mismísimo infierno, y no pude. Ahora, pasado ese tiempo prudencial en el que nuestros gustos literarios parecen hacerse más flexibles, Paul Auster me ha dado una extraña semana de gozo.

El país de las últimas cosas comienza con fuerza, un libro apocalíptico, desesperante, en la línea de maestría de grandes novelas como 1984 o Farenheit 451, describiendo una sociedad al borde de la locura en la que todo, en cuanto a la humillación humana, está permitido. A esta ciudad, o a este país, llega Anna Blume, una joven de diecinueve años en busca de William, su hermano, periodista desaparecido.

El panorama que Anna se encuentra es desolador: Gente lanzándose desde lo alto de los pisos, grupos dedicados a recoger la basura de las calles en masa, mercados negros, gobiernos que cambian con una facilidad inusitada, desesperación, pobreza y tristeza en cantidades industriales y sobre todo, humillación: la gente deja de plantearse su manera de ser, sus ideales, sus ansias, para simplemente intentar sobrevivir de la manera más nihilista posible.

Como digo el libro empieza con fuerza, describiendo una ciudad en ruinas en la que la locura se ha hecho capitana del barco, pero a medida que pasan las páginas va perdiendo esa intensidad de lo diferente, de lo irreal, para ir transformándose en algo más tangible, más posible y cercano, lo que, al terminar, te deja cierta sensación agridulce. Opinión personal es que ésto siempre pasa en los libros de Paul Auster, pero supongo que, en mi línea, estaré equivocado.

En fin. Un libro que se deja leer, breve e intenso. De editorial Anagrama. Os dejo con el fragmento inicial.

Éstas son las últimas cosas –escribía ella–. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen; pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo.

No espero que me entiendas. Tú no has visto nada de esto y, aunque lo intentaras, jamás podrías imaginártelo. Éstas son las últimas cosas. Una casa está aquí un día y al día siguiente desaparece. Una calle, por la que uno caminaba ayer, hoy ya no está aquí. Incluso el clima cambia de forma continua: un día de sol, seguido de uno de lluvia; un día de nieve, luego uno de niebla; templado, después fresco; viento seguido de quietud; un rato de frío intenso y hoy, por ejemplo, en pleno invierno, una tarde de luz esplendorosa, tan cálida que no necesitas llevar más que un jersey.

¿Quieres comentar? Aprovecha:

Se dice por ahí que la dirección de Mandarina se reserva la posibilidad de eliminar aquellos comentarios que no estén relacionados con el artículo de ahí a la izquierda. Pero es sólo una leyenda...
 
 

mandarinamagazine.com ha sido diseñado por Pequeño, desarrollado por LaRanaBudWeisEr y alojado por TheWebAnimals
Entradas en RSS

CINE + TELEVISION + MÚSICA + TEATRO + LIBROS + AGENDA + FOTOMATÓN
contacto@mandarinamagazine.com