mié, 30 abr 2008 - Conway
Si cruzamos una novela negra clásica de las de toda la vida, como El sueño eterno, con, por ejemplo, El curioso incidente del perro a medianoche, obtendremos algo similar a Huérfanos de Brooklyn. Sí, el experimento, contra toda lógica, no terminaría como un engendro ridículo, sino como una novela que mantiene todos los elementos que hicieron grande al género detectivesco y los trasplanta con acierto al siglo XXI.
Si en el libro de Mark Haddon el protagonista era un joven autista inmerso en su propio mundo, en esta ocasión la historia la contemplamos a través de los ojos de un enfermo del Síndrome de Tourette. En ambos casos son personajes con grandes dificultades para comunicarse con quienes les rodean, aunque no les suponga un impedimento para buscar respuestas a sus preguntas.
El gran acierto de Jonatham Lethem, el autor de Huérfanos en Brooklyn, es haber sido capaz de transferirle humanidad a su personaje principal sin traicionar todas las convenciones y arquetipos indisolubles del género negro. Porque su originalidad no impide que podamos disfrutar de todos esos detalles que definieron Chandler o Hammett en sus obras. Tenemos un misterioso asesinato, una mujer fatal, enemigos de todos los pelajes imaginables, el policía que siempre va un paso por detrás y una trama lo suficientemente liosa como para mantener el interés pero no lo demasiado como para darnos por vencidos.
Y tenemos al héroe, al detective, en realidad poco más que un chico de los recados que, entre tics y luchas irrefrenables para controlar su lengua escarba en los márgenes más sórdidos para solucionar el caso, su caso.
