La Segunda Guerra Mundial ha tenido muchos, demasiados daños colaterales. Uno de ellos es la desaparición de numerosas obras de arte, destrucción de las mismas o el cierre de museos a lo largo de toda Europa, escenario principal de dicha guerra. El gobierno soviético ha evacuado todas las obras de valor del Museo Hermitage y las ha enviado tras los Urales, dejando el edificio en mano de dos personas: un guía y un vigilante.
Durante el asedio nazi, que duró más de 900 días, el guía, Filipovich, recorría el museo como si estuviera abierta y realizaba la visita completa del mismo. La gente arriesgaba su vida por disfrutar de esta visita a un museo vacío y el enajenado guía les hacía olvidarse por unos momentos de la locura real que estaban viviendo.
Partiendo de esta historia real, Herbert Morote construyó El guía del Hermitage, obra pensada para que Federico Luppi fuera el encargado de dar vida a Pavel Filipovich, guía del museo y que ha dirigido en esta ocasión Jorge Eines. Luppi (Pavel Filipovich) junto a Manu Callau (Igor, el vigilante) y Ana Labordeta (Sonia, mujer de Pavel) son los encargados de dar vida a esta historia y de recrear momentos de tensión y locura en los que arte y fantasía se convierten en el mejor vehículo de escape del horror de la guerra.
La guerra, las carencias que provoca, la pérdida de los seres queridos y el horror ante lo desconocido son emociones que el espectador puede reconocer fácilmente a través del trabajo de los tres personajes que completan el reparto de la obra y cuya una relación, serena en unos momentos y conflictiva en otros, es la que les mantiene vivos. La solidaridad, el amor y la amistad les une es lo que les permite vivir.
La puesta en escena, como es lógico, sobria, fría, austera. Los personajes se reúnen en una pequeña habitación donde el frío hace que compartan la poca bebida y tabaco de que disponen pero, en el momento en que Filipovich inicia su ronda no es necesario mirar al escenario, se pueden cerrar los ojos y dejarse llevar por las descripciones que Luppi hace suyas y disfrutar de los colores, las texturas y las magnitudes de los cuadros que describe y las sensaciones y reacciones que estos cuadros provocan. Al final de la obra, unas proyecciones en el fondo del escenario te aportan el dato visual necesario que complementan las imágenes narradas con anterioridad por si no lo has hecho durante el discurso del argentino. El desenlace final merece la pena verlo en directo, real como la vida misma.
El Guía del Hermitage está girando por toda España.