El Rey Lear fue escrito por W. Shakespeare hace más de cuatrocientos años (1605) y se nota claramente en el desarrollo secuencial de la historia en el que hay presentación de la obra y sus personajes, desarrollo del drama y desenlace final y dramático. Si alguien a estas alturas fuera a ver El Rey Lear y no supiese que la obra la ha escrito él, pensaría que la obra pertenece a algún autor contemporáneo cuya historia representa fielmente el drama de mucha gente en la actualidad.
El drama es el de la llegada de la vejez y la desaparición de nosotros como individuos válidos dentro de la sociedad para ser abordados por gente más joven que no considera el valor que puedas aportar como profesional o ser humano. Lear se siente viejo y cansado y reparte su reino entre sus tres hijas y para ello las pone a prueba para que le demuestren su amor. Un primer malentendido hace que Lear reparta su reino y riquezas entre sus dos hijas mayores, Regan y Goneril y deshereda a Cornelia, la única que en su humildad renuncia a todo por el amor que siente por su padre y parte lejos de él no sin sufrir lo indecible por ello.
Una vez que todo lo material queda repartido comienza el drama; Lear es un viejo loco que no ha generado muchas amistades durante su mandato y sus hijas mayores consideran que es un caprichoso y maleducado y que no es necesario atender a todas sus necesidades así que deciden repartirse a su padre en períodos lo más cortos posibles.
Esta situación generará una serie de luchas y corrupciones, así como demostraciones de lealtad al rey que acabarán con un final sangriento donde Lear se dará cuenta de que muchas veces las apariencias engañan y que aquellos que te dicen la verdad son los que de verdad te quieren, aunque no te guste oírla. Todo esto lo descubirá Lear cuando sea demasiado tarde ya y solamente pueda llevar en brazos a una Cornelia muerta ya por su culpa.
El drama abarca durante las dos horas y media de duración todas las pasiones del ser humano, las altas y las bajas: desde el amor incondicional entre padres e hijos, pasando por los celos entre hermanas, la locura del pobre Lear, el sexo como motor de traiciones y un amplio abanico de virtudes y miserias humanas que discurren por un escenario sobrio, oscuro, de líneas rectas y elementos que se transforman durante el montaje (que no tiene descanso) para convertirse lo mismo en castillos que en campos o acantilados y que está reforzado por una gran pantalla posterior en la que se proyectan imágenes puntualmente.
En el escenario descata con luz propia Alfredo Alcón, que se convierte en el eje principal de la historia y que enlaza las historias y situaciones vampirizando el trabajo del resto de los actores a excepción quizás de Chisco Amado y Carmen Elías. Alcón representa es un actor sincero que transmite de manera veraz la ira, la furia y la locura de manera tan natural que no es necesario acudir a ningún recurso externo para que se apoye en ellos a la hora de actuar.
Gerardo Vera ha sido el director de esta versión de Juan Mayorga para el Centro Dramático Nacional y ha trasladado el texto de manera fiel y contemporaneizando gracias al escenario una historia que no deja de tener actualidad, como la mayoría de las que escribió Shakespeare. Uno de los elementos que se ha respetado es la consideración de los elementos atmosféricos para reforzar puntos clave de la historia. Para el autor inglés era primordial que los elementos naturales reforzaran situaciones en las que la locura, la ira o el dolor eran los protagonistas del momento y, de la misma manera, el escenario proyecta imágenes de estos elementos como cuando Lear aparece finalmente y tras expresar todo su dolor y arrepentimiento por los males cometidos, muere al fin tranquilo.
Quizás no haya sido el Lear más transgresor como pudo ser el de Calixto Beitio cuando Ian Mckellen quedó prendado de Bou pero sin lugar a dudas es un Lear que merece la pena disfrutar.
Centro Dramático Nacional - El Rey Lear en gira
