En el escenario Rubianes es como en la vida real: espontáneo, cristalino, sarcástico, lacerante y visceral, muy visceral. Se puede pensar que tiene la virtud de decir lo que piensa, aunque a veces caiga en el defecto de no pensar lo que dice. Así que una de cal y otra de arena.
La sonrisa etíope es como una continuación de Solamente: Rubianes cien por cien, en estado puro, cargado de humor escatológico, de palabrotas, salidas de tono, gritos, gesticulación y risas, muchas risas. Si eres de aquellos que le adoran La sonrísa etíope te proporcionará dos horas fantásticas. Si en cambio eres de los que le aborrecen y encuentras su teatro fácil y absurdo, serán dos horas aburridas, muy aburridas.
Como yo soy de los primeros no paré de reírme, independientemente de que los distintos gags sean de mejor o peor calidad o de que se pueda poner en tela de juicio si no dejan de ser simples chistes a los que se les ha alargado la duración. La sola presencia de Rubianes en el escenario, su manera de narrar las cosas, sobre todo su espontáneidad, hace que cualquier situación se torne hilarante y termines riéndote. Se podrá decir que el humor es fácil, que no deja de ser una serie continuada de chascarrillos, pero lo cierto es que, al menos en mi caso, yo salí de allí a las once y media de la noche con una sensación de haber hecho una cura de risa impagable. Como terapia relajante, la mejor.
Sobre la obra en sí Rubianes emplea como excusa para su monólogo Etiopia, país al que, palabras suyas, adora. Se ayuda de cinco bailarinas oriundas del país africanco, coreografiadas por Melaku Habtegebriel, del Teatro Nacional de Addis Abadda, que aunque puede que hagan frenar a veces los ataques de risa, dan un toque exótico y cierto descanso, tanto a Rubianes como a los espectadores.
Personalmente recomiendo encarecidamente acercarse a la Sala uno del Capitol, en Las Ramblas, y disfrutar del espectáculo sin más interés que, durante dos horas, vivir en una carcajada constante.
