Partamos de la base de que Los perros dormidos mienten tiene el princpio de película más asqueroso que yo he visto en mucho tiempo. A partir de ahí si queréis nos podemos sentar a elucubrar si es buena, si es mala o si se merece los premios que ha recibido. Que yo creo que no.
La idea que subyace bajo el hilo argumental viene a poner en tela de juicio la honestidad de la pareja y si es correcto o incorrecto no dejar aflorar la verdad por dura o avergonzante que pueda llegar a ser. Y nada más. Porque a este guión ni se le puede extraer ni exigir nada más. Pese a que en primera instancia cabe pensar que estamos asistiendo a una comedia pasada la mitad de la película torna a ser drama áspero y termina volviendo a ser comedia fácil y simple, con lo que el espectador, lejos de poder asumir el debate sobre la pareja que nos presenta, anda disperso toda la película, sin saber a que atenerse.
Es más. Me aventuraría a decir que más que una película al uso, parece un programa de gags, en el que todas las situaciones se presentan como escenas en las que apenas hay movimiento de cámara, con sus personajes planos, sus conversaciones lineales que da igual que estén en ese escenario o en otro cualquiera, sus chascarrillos fáciles y su final cogido con puntas. Con la diferencia de que ésto, claro, se presupone que ha de tener algo más de entidad que el consumo fácil del Escenas de matrimonio de turno.
Quizás eso explica su duración. Porque no hay más donde sacar. Como digo el guión es muy básico, y a lo largo de la hora y veinte que dura es imposible abstraerse de la profunda sensación de mediocridad y simplismo: en las situaciones, en la historia, en los personajes e incluso en los actores que les caracterizan. Y me niego a pensar que ésto ocurre porque la película se haya hecho con muy pocos fondos.
Porque entonces apaga y vámonos.
