sáb, 16 feb 2008 - Conway
El género negro, ya sea sobre la pantalla de un cine o en las páginas de las novelas, evoca a detectives atormentados que visten con tirantes y usan sombrero de ala ancha, a mujeres fatales que esconden más de lo que muestran, a whisky y a humo, a pistolas humeantes, a ricos que han amasado sus fortunas gracias a las desgracias de los demás... Chandler, Hammett o Cain escribieron hace décadas algunas de las obras maestras que han servido de modelo para las generaciones posteriores.
Reconozco que son esos clichés y todos los personajes arquetípicos que pululan por sus páginas los que explican mi predilección por este universo. Sin embargo, no le hago ascos a los heterodoxos que han sabido introducir nuevos elementos necesarios para ajustar un género clásico a la realidad actual y darle un aire moderno. Elmore Leonard, un venerable anciano de ochentaytantos años, mantiene todo su vigor y continúa agrandando una impecable trayectoria que le ha situado como uno de los imprescindibles cuando se repasa el género norteamericano.
Algunos de sus libros, de hecho, han servido de base para películas de Tarantino (Jackie Brown) o de Soderbergh (Un romance muy peligroso), que dejan entrever cuáles son sus obsesiones y cuál es el terreno que acostumbra a pisar.
Su mayor acierto ha sido el de contravenir las reglas tradicionales e introducir una galería de personajes con entidad propia alejados de los, en ocasiones, ultraplanos caracteres de muchos otros escritores sin su talento. Sin recurrir al tópico de ?ni los buenos son sólo buenos ni los malos lo son en su totalidad?, sí es cierto que los protagonistas de sus historias rezuman verdad, dejan traslucir sus motivaciones y podemos identificarnos con su comportamiento.
En Persecución mortal, la última de sus novelas (la última de la que tenemos constancia por aquí) retrata a un matrimonio aburrido, ferrallista él, agente inmobiliario ella, abocados a una espiral de violencia por aquello tan habitual del momento inoportuno en el lugar equivocado.
Un medio indio, sicario de la mafia, y un macarra con el gatillo demasiado flojo les siguen los pasos con la intención de acabar con ellos, dejando de paso algún cadáver a su paso y las dosis justas de humor retorcido habituales de Leonard. Lo peor para la pareja protagonista, de cualquier modo, no es el empeño de los delincuentes en dar con ellos, sino la patética actuación de los agentes de la Policía y del FBI, incapaces de protegerlos de su amenaza y que son mostrados como verdaderos patanes, símbolos de una Administración ineficaz, por la acerada mirada del novelista.
