mar, 22 ene 2008 - Paranoid
Las bandas que eligen salas pequeñas para desarrollar sus conciertos se merecen un aplauso. El primero, al menos. Ya lo hagan por compromiso, por necesidad o por preferencia, el hecho de ofrecer un repertorio frente a unas pocas decenas de espectadores resulta digno de elogio. Quizás sus agentes, el señor que invierte su dinero en fondos y los seguidores que se queden fuera no piensen lo mismo. Lo siento. Yo estaba dentro y me gustó. Punto a favor.
Corcobado me cae bien. No dirimimos aquí una cuestión de objetividad (¿existe?) o subjetividad, pero el caso es que me iría de cañas con él encantado. Y hasta dejaría que pagase. Sólo hemos cruzado cuatro palabras por teléfono (cuestión profesional) y alguna más por correo electrónico, pero me agradó su sencillez, su sinceridad, aparente al menos, y su seriedad. Ahora, tras el recital del viernes, podría añadir también su valentía (o su inabarcable desavenencia con el ?qué dirán?). Así que otro punto a favor, y van dos.
Todo esto, o casi todo, antes de comenzar el directo del viernes ya lo sabía, con lo que se podría decir que Javier Corcobado empezó con el marcador a favor al menos en lo que a mi respecta. Y me atrevo a asegurar que gran parte de los otros 250 asistentes no sólo se solidarizarían conmigo, sino que además ampliarían la ventaja. Cosas de ser acérrimo. La duda que se impone es, ¿qué pensó el común de los vírgenes (de conocimiento, se entiende) ante semejante actuación?
Cualquiera que se presentará hace unos días en el Círculo de Bellas Artes cual tábula rasa se preguntaría, primero, quién sería ese tipo con zapatos, pantalones y camisa negra (de manga corta), que se movía por el escenario con la normalidad de quien hace la compra en el supermercado. Un poeta, un roquero maldito, un clásico en el panorama underground español, alguien que lleva toda la vida en esto? Definiciones fáciles de hallar a poco que se investigue y difíciles de creer a poco que se le examine.O a mucho, porque o algo iba mal, o el concierto era pelín raro. Pagas 18 euros por ver al Lou Reed español (tal y como te lo han vendido?) y te topas con una voz potente (por grave) que casi recita, un señor que se sienta para cantar y se descubre con temas que podrían pasar por coplas o boleros que directamente lo son. Pero se le coge gusto. El señor se desmelena (el señor del cráneo pelado se desmelena) y suelta un latigazo titulado La Navaja Automática de tu Voz que desentona por completo con todo lo anterior, como si masticas un limón después de un arroz con leche pasado de azúcar.
A partir de aquí todo pierde sentido. Delante de ti, a pocos metros, tienes a un artista peculiar rodeado de una banda más que resultona y escoltado por un guitarrista digno de los bohemios de Las Máscaras del Héroe. Pop, rock, canción ¿ligera? y llamadas veladas a Diabologum repartidas en 14 temas, 70 minutos, dos bises y gritos de toda índole desde el patio de butacas. A lomos, eso sí, de unas letras tan vacías de sentido como repletas de significado. Extraño, sí, aunque ?me duele mucho, pero no sé dónde?, repetido por Corcobado y acompañado del ritmo adecuado da mucho o nada que pensar. Depende del individuo, del momento y hasta de las isobaras del tiempo.
Total que termina el directo y te das cuenta de que no sabes muy bien lo que has visto. Recuerdas a alguien del que en ocasiones colgaba una guitarra celeste y a dos mujeres con vestidos mínimos en cada flanco (y los vestidos mínimos no siempre sientan bien?). Había también un personaje que te robaba con la mirada, que mandaba mucho y que lucía bigote a lo Mercury (pero qué bien tocaba). Estabas rodeado por un público entregado y más de un seguidor aquejado de estertores de júbilo, excitación manifiesta y emoción traducida en curiosos espasmos cuasiepilépticos. Incluso puedes pensar que una actuación así, hace apenas quince años, hubiera sido perfectamente carne de Martes y Trece.
Pero sonríes con esa chulería sutil que sólo provoca la satisfacción porque, mientras la calle Alcalá se atragantaba a base de coches, tú has contemplado algo que realmente ha valido la pena. Claro que conmigo, Corcobado inició el partido con un cómodo dos a cero.
