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Cine

sáb, 19 ene 2008 - Conway


Cuesta imaginar una escena de sexo tan extraña como la que Lucía Puenzo refleja en XXY, su recién estrenada primera película como directora y que tiene como protagonista a una joven intersexual, es decir, que posee de manera simultánea órganos masculinos y femeninos. Una premisa como ésta se presta con facilidad al trazo grueso y a la vulgaridad, pero la realizadora argentina apuesta por la sutileza antes que por el morbo, sugiriendo, y no mostrando, la particularidad de este confundido personaje.

Es, quizá, el principal valor que hay que reivindicar de una película que enseña todas las virtudes (que no son pocas) de una directora que ha mamado el cine desde pequeña y que ha interiorizado el oficio de su padre, Luis Puenzo. Al menos, conoce la lección fundamental de este arte que demasiados directores son incapaces de aplicar: contar una historia sin aburrir al espectador. Puede que parezca una obviedad, pero la cantidad de peñazos que nos llevamos cada año a los ojos demuestra que no es tan sencillo.

Así que ya tenemos, por un lado, la sencillez y naturalidad con la que la película nos muestra la dualidad de la protagonista, y por el otro, el pulso que Puenzo tiene tras la cámara, con secuencias notables como la salvaje agresión que sufre la protagonista en una playa. Tratándose de una producción argentina, está claro cuál es la tercera pata sobre la que se sostiene la cinta: el reparto. Parece ya un tópico que todos utilizamos para ir de entendidos de esto del cine, pero es que es verdad. Los actores argentinos desprenden una veracidad con sus interpretaciones que dejan al 99 por ciento de nuestra constelación de estrellas a un nivel ridículo. Ricardo Darín y Valeria Bertuchelli, como los padres preocupados por la naturaleza de su hija, pero sobre todo Inés Efron, la XXY del título, muestran de lo que son capaces y nos hacen renegar de nuestros Noriegas y similares.

Y ya sé que los premios no son indicador fiable acerca de la calidad de ninguna obra artística, mucho menos si hablamos de cine. A la vuelta de la esquina aparecen, Dios y los guionistas mediante, los Oscar para recordarnos que esto de los reconocimientos públicos no es ningún baremo por el que nos deberíamos guiar a la hora de valorar una película. Pero, por si les sirve de algo, XXY se ha hinchado a recoger estatuillas de las más variadas formas y de los materiales más variopintos allí por donde ha pasado. Ya saben.

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